Cambiar tu vida aprendiendo a escuchar


¿Me dejáis que os cuente algunas experiencias muy sencillas, quizás un poco tontas incluso, que vivo de vez en cuando? ¿Me prestáis un poco de vuestra escucha? ¿Sí? Estupendo. Gracias. Es un placer sentirse escuchado.
Quería deciros que a veces hago counseling en la intimidad… Esto es una broma, claro; no se puede hacerlo sin que haya otra persona consciente de que estás dedicando tu escucha hacia él. Cuando digo “en la intimidad”, quiero decir que tomo la actitud del counselor en una determinada situación y hago el experimento de ver qué pasa.
Hace unas semanas, unos compañeros de trabajo divagábamos sobre cómo organizar una tarea. Cada uno tenía una buena idea sobre cómo hacerlo. Lo que empezó como un intento de compartir, pasó a una impaciente espera de nuestro turno para hablar y casi acabó en la cabezonería de conseguir que el otro transigiera. Yo estaba metido en el ajo: tenía una buena idea, quería compartirla y -¿por qué no?- que me fuera reconocida y que se me escuchara. Y me habría metido en una espiral de salirme con la mía, si no hubiera sido porque pude ver el empeño obtuso de imponerse de mi compañero y pude reconocer el mío propio. A partir de ese momento callé, sonreí, miré a los ojos a mi interlocutor. Me di cuenta de dos cosas: yo no tenía por qué renunciar a mi idea, podría guardarla como un pequeño tesorito para mí; y también de que, en el fondo, no me valía de nada hablar si el no quería escucharme. En ese momento, una vez que renuncié a satisfacer mi ego, me sentí libre y me complació escuchar lo que él quiso decirme. Nada más que escuchar.
Tengo unos amigos muy queridos a los que, sin embargo, no veo a menudo. Aún así, cuando lo hago, me alegro por ello, y quiero hacerles llegar esa alegría. Por eso, simplemente, les dedico mi tiempo y mi atención. Les pregunto “¿Qué tal van tus cosas?” o “¿Cómo están tus seres queridos?” y les dejo que hablen cuanto quieran. Les sonrío. No estoy aguardando a que correspondan con cortesía a mis preguntas, haciéndome otras similares; sólo me dedico a aceptar lo que venga de ellos. La última vez que nos vimos, uno de estos amigos empezó a hablar con tranquilidad de sus más profundas inquietudes. Pasados unos minutos me dijo con una sonrisa de sorpresa y satisfacción “No sé por qué te estoy abriendo el corazón”.
Y quiero dejaros clara una cosa: ¡me muero porque me escuchen a mí también! Y disfruto cuando me brindan la oportunidad. Ahora bien, si el otro no puede escuchar -por lo que sea; porque no sabe; porque no quiere-, a veces, en lugar de lamentarme, elijo darle lo que el quiere también: escucha.
Aunque vivamos en un mundo de aparente comunicación, el intercambio de palabras que hacemos a diario no se acompaña de verdadero querer saber del otro. Ya sea por unas razones u otras (prisas, miedos a la intimidad, ideas preconcebidas), vivimos sin escuchar de verdad. Una persona habla y la otra espera a que le llegue su turno para hablar, sin escuchar, memorizando su argumento, no sea que se le olvide lo que va a decir. Esta falta de escucha, de vernos reflejados y validados en otro, nos llena de una profunda infelicidad, nos hace sentir solos, distintos, desaprobados.
El counseling es el tratamiento de alguien como persona, por parte de otra persona, de forma más o menos establecida y acordada entre las dos partes, para beneficio de la primera.  Se trata de una relación organizada, en la que se da espacio a que aquella persona se presente como es, sea escuchada, sea acogida y bienvenida. El counseling es la subsanación de la carencia de apoyo. Es sólo, de lo que hablaba antes, pero acordado, con el objetivo puesto en ti. Tú eres el acogido, el recibido.
¿Qué sucede cuando damos aceptación incondicional? Pues que renunciamos a calificar al otro a juzgarlo y tratarlo según nuestro criterio. No le decimos que está bien o mal lo que hace; sólo le prestamos nuestro tiempo, nuestra atención. El otro, al verse escuchado, al ver que no tiene que luchar por convencernos de por qué hace lo que hace, baja la guardia, se relaja y se acepta a sí mismo.
La empatía hacia ti es mirar tu sentimiento, verlo como es, sentirlo como lo sientes. Si por un momento no entiendo lo que me dices, trataré de reconocer cómo me sentiría yo de estar viviendo lo que me dices. Y mientras lo hago, me centro en cómo lo vives tú, en cómo debes de sentirte tú, no en como creo yo que debería ser.
Lo primero y más sencillo para dar apoyo a alguien es la escucha activa. Escuchar activamente es movilizarme para llegar a ti, para abrirme a ti, centrarme en ti. No es una escucha perezosa y descuidada. Es justo lo contrario a estar esperando a que llegue mi turno para hablar. Es renunciar a hacerte cambiar de opinión. Es estar dispuesto a cambiar de opinión yo. La escucha activa es mostrarte con mi lenguaje verbal que estoy centrado en ti ahora, que no estoy en otra cosa. Te presto mi tiempo, te sonrío, asiento cuando hablas, te miro a los ojos y mis manos son dirigidas hacia ti y no ocupadas en otra cosa. Me fijo en tus sentimientos y no te juzgo y no te doy consejos, sino que reflejo lo que veo en tus palabras, en tus emociones y lo que significa.
Y siempre, acompañado de mi integridad, de mi autenticidad, de mi comportamiento congruente. Y para ello, yo siempre me aceptaré a mí mismo. Es decir: no tengo por qué correr compulsivamente, a contarte qué pienso cómo me siento. Lo que tengo es que ser honesto conmigo, decirte cuando tú me preguntes, mantener mi presencia (estoy contigo), mantener mi yo (me soy fiel a mí, a mi integridad; y me respeto), y también lo estoy incondicionalmente (porque no cuestiono tu dignidad de persona).
 

Pedro Fer Martínez Martin

Si quereis saber más, este es el curso que yo realicé: http://www.vcteam.es/cursos-vcteam/t%C3%A9cnicas/counseling-escucha-activa.html

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