¿Cómo podemos cambiar?

¿Cómo podemos romper este círculo vicioso? ¿Cómo recuperar la espontaneidad? ¿Cómo ampliar nuestras opciones? ¿Cómo ser más libres y vivir menos condicionados?
 
Lo primero que tenemos que hacer es descubrir cuál es nuestra imagen, esas ideas sobre nosotros mismos que nos limitan. Primero hemos de hacerlo intelectualmente y después empíricamente, aprendiendo a cogernos con “las manos en la masa”.
En segundo lugar, hemos de tener una experiencia clara de que es posible desactivar esa imagen a través de una toma de conciencia que nos conecte con el momento presente y nos permita percibir el abanico de posibilidades a nuestro alcance.
Por último, hemos de desarrollar una alerta para las trampas de nuestra imagen que nos apoye en el proceso de incorporar este cambio en nuestras vidas.
 
El primer paso es posible hacerlo con distintas herramientas. Para mí una de las mejores es el Eneagrama de la Personalidad, que describe con absoluta precisión las estructuras y las dinámicas de nuestros egos, incluyendo sus miedos, las ideas de sí mismo, las formas de relacionarse y los mecanismos de defensa automáticos.
 
Una forma muy fácil de hacer el segundo es empleando ejercicios teatrales. En el teatro, como aparentemente no es real, nos es mucho más fácil distanciarnos de nuestra auto imagen y aprender a darnos permiso casi sin darnos cuenta. Pero recordemos que para nuestro cerebro no hay diferencia entre la realidad que percibimos y la que imaginemos, por lo que cada experiencia que tengamos en el escenario rendirá sobradamente en nuestro día a día.
 
Especialmente en nuestras relaciones, porque como explicaba Augusto Boal en su mensaje del Día Mundial del Teatro de este año: todas nuestras relaciones son teatrales, los seres humanos organizamos nuestros encuentros conforme a un guión, elegimos el momento, el tono de voz, las pausas dramáticas… En realidad lo que hacemos es convertir a nuestra careta en el personaje que interpretamos y dejarle que se dirija así mismo. Y no suele hacerlo al servicio de la obra sino de su seguridad y su lucimiento.
 
Y los otros personajes hacen lo propio. Al final, podemos acabar compartiendo el escenario de la vida con personas que están interpretando personajes y dirigiéndoselos en obras diferentes a la nuestra. ¿Es posible que Peter Pan, Don Quijote, Julieta y Aída se pongan de acuerdo para tener una historia que contar? Parece que sólo va a ser posible si somos capaces de dejar atrás parte de nuestros argumentos habituales y dejamos de imponer nuestro rol al resto para descubrir cuál es el que verdaderamente nos corresponde en cada nueva situación.
 
Los ejercicios teatrales nos ayudan a hacer este cambio de forma simple y eficaz. Porque para convertirnos en alguien diferente de la imagen con que nos identificamos hemos de hacerlo no solo mentalmente, sino también en el plano de la acción como hacemos cuando estamos actuando. Practicarlo es un entrenamiento espectacular (nunca mejor dicho) para nuestro cerebro. Como me dice siempre Dispenza “los actores sois maestros de la neuroplasticidad, sois capaces de reorganizar una enorme cantidad de redes neuronales para cada personaje”.
 
Pero claro, este entrenamiento nos va a abrir en cada situación a nuevas posibilidades, diferentes a las nos mantenían dentro de territorio de la auto imagen, pero ¿cuál es la mejor en cada caso? ¿cómo ganar confianza para que ante lo desconocido no reaparezca la careta?
 
Para eso, volvemos a recurrir a lo que sabemos de nuestra personalidad a través del Eneagrama. Como dice Russ Hudson: “el centro visceral nos conecta con el momento presente, el centro emocional reconoce la verdad y el centro mental pone la claridad del pensamiento a su servicio”. Cada eneatipo va a tener una forma especial de darse permiso y afianzarse en esta práctica.
 
En paralelo, vamos a incorporar también la idea del observador de la Física Cuántica, el director del espectáculo que ya no va a estar tan pendiente de nuestro personaje sino de percibir el sentido de la obra. Con él activaremos la alerta que nos ayude a integrar cada nueva experiencia y comportamiento en nuestra vida.
 
Sobre estas bases trabajamos en “Eneagrama en Acción”, una herramienta desarrollada para acompañar durante los dos últimos pasos de este proceso a las personas que ya hayan realizado el primero con el Eneagrama.
 
Poco más podemos contar sobre su desarrollo. Como el teatro mismo, los talleres suceden momento a momento, en función de los participantes y sus necesidades. Con absoluto respeto a sus dificultades. No es importante el actuar sino el poder reconocer el personaje que actuamos en la vida y comprobar lo fácilmente que tenemos muchos más registros a nuestro alcance.
 
Así, cada vez que estemos ante una situación conocida y preveamos el resultado nos acordemos de preguntarnos: ¿qué otro personaje puedo interpretar yo en esta obra?
 
Artículo escrito por Pedro Espadas
Más información sobre el Eneagrama aquí

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