El enamoramiento tiene fecha de caducidad

Hasta un “te amo” tiene fecha de caducidad…

Cuando nos enamoramos estamos inmersos en infinidad de sentimientos fundamentalmente placenteros que nos hacen ver el mundo de forma optimista y alegre. Además nos hace ver el lado positivo de todas las cosas, incluidos los comportamientos de la pareja, aunque sean muy diferentes a los nuestros. En esos primeros momentos somos más comprensivos y tolerantes ponemos el acento en los puntos en común y omitimos o descartamos las diferencias. Sin embargo esta fase de enamoramiento y ensimismamiento tiene fecha de caducidad y cuando vence empezamos a ver la realidad de forma menos optimista y alegre.

Comenzamos a ver los defectos de la pareja, a cuestionar y criticar su forma de hacer las cosas y a acumular malestar que va creando una barrera entre los dos. Aquellos comportamientos y diferencias que nos hacían gracia ahora puede que no solo no nos hagan gracia sino que nos enfaden verdaderamente.

¿Qué ha pasado? Si bien es cierto que cuando estamos en la primera etapa de la relación, donde nos sentimos “encantados” o en trance, mostramos nuestra mejor cara. También es cierto que cuando entramos en la segunda etapa de la relación, en la que baja la ilusión, empezamos a ver la realidad de las diferencias y como estas nos molestan o no las entendemos. En esta etapa empezamos a comparar el antes con el ahora y muchas veces nos sentimos estafados, es como si la persona hubiera cambiado pero en realidad lo único que ha pasado es que vemos las cosas con otra perspectiva la perspectiva de la rutina, de la convivencia.

Si somos capaces aprender a convivir con las diferencias estaremos preparados para pasar a la siguiente etapa que es la de construir juntos o crear un proyecto en común, como puede ser vivir juntos, tener hijos, proyectar un futuro, pero si ponemos el acento en las diferencias y surgen las críticas y los juicios y a raíz de ellos crece el malestar, que se va convirtiendo en re-sentimiento o acumulación de sentimientos negativos la pareja va a ir distanciándose poco a poco pero inevitablemente.

Aprender a convivir con las diferencias, sobre todo las diferencias de género que son las más complejas de entender puede salvar a la pareja. Conviene que aprendamos que los hombres y las mujeres, aunque podamos ser iguales ante la ley y tengamos los mismos derechos, biológica, cultural, y socialmente somos muy diferentes. No se trata de encontrar quien es mejor o peor se trata de ver en que somos diferentes, que hace que nos comportemos de diferente manera y como podemos entendernos mejor. (No obstante como hoy en día lo masculino y lo femenino no tiene porque corresponderse con hombre y mujer a partir de aquí vamos a referirnos a comportamientos femeninos y masculinos).

El comportamiento femenino tiene que ver con compartir, con escuchar y saber ponerse en el lugar del otro, con mostrar las emociones, con hacer grupo puesto que biológicamente y culturalmente la mujer, que encarnaba lo femenino, está preparada para dar y fomentar la vida del bebé lo que la hace olvidarse de si misma en aras de ayudar a crecer al niño dependiente de ella. Este rol, que normalmente hace de forma instintiva, le conduce a que a lo largo de su vida tienda a ocuparse de los demás, aun a consta de si misma y sus propias necesidades. En momentos de tensión o de estrés la mujer necesita hablar para aclararse, compartir, sentirse arropada, sentir el cariño y el apoyo de sus seres más queridos.

El comportamiento masculino tiene que ver con proveer, con ser capaz de aportar recursos a los seres queridos y/o familia, por lo que instintivamente sale a buscar los recursos. Tiene que aventurarse y arriesgarse, muchas veces sólo, contando únicamente consigo mismo y enfocando toda su atención en la meta olvidándose y aislándose de todo lo demás. Este comportamiento primitivo le hace que en momentos de tensión tienda a aislarse, necesite estar sólo y reflexionar.  Le cueste comunicarse mientras no encuentre la solución por si mismo y no muestre sus emociones, excepto la irritabilidad y/o enfado de sentir que no controla la situación como le gustaría controlar.

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