La sexualidad desarmada

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Desarmarse no es fácil, dejar a un lado y sin reservas las trampas y los juegos es un acto que no basta solo con el darse cuenta sino que además necesita coraje y atrevimiento. Coraje para sostener el miedo de apoyarnos en nosotros mismos y atrevimiento para dejarnos caer en brazos de nuestro amante. La confianza básica, la que nos robaron aún siendo niños, se reconstruye desde dentro y con la mirada puesta en el otro porque es desde el otro que nos completamos.

Hace un tiempo estuve trabajando en un astillero, donde la mayoría de los que allí estaban, eran hombres criados bajo el régimen de Franco, una generación sacrificada en aras de una grande y libre patria. Hombres que en la mayoría de los casos apenas sabían escribir y leer, que perdieron la inocencia ayudando a sus familias para poder sobrevivir a las penurias que impuso la postguerra civil. Con esta herencia sobre sus hombros llevaban adelante un código donde la dureza y la frialdad eran la llave para seguir adelante. Allí aprendí que la virilidad no es un atributo sexual masculino sino una pose para sostener la imagen de macho al que le importa el número de coitos y los centímetros de su pene erecto. La realidad que se escondía tras esta fachada era una muy distinta a la que pregonaban. Los que alardeaban de su hombría eran ciegos y sordos para la ternura que igualaban a debilidad y cobardía, el miedo a dejarse sentir la vulnerabilidad los llevaba a petrificar sus emociones en un discurso repleto de frases malsonantes compuestas de palabras que hacían mención continuamente a los genitales masculinos. Desde esa atalaya la vida es bien sencilla: el hombre trabaja y la mujer cría a los hijos. El sexo con la esposa es un baile compulsivo donde lo que importa es desfogar la tensión acumulada y todo eso de orgasmos, placer compartido o encuentro verdadero son refinadas de los listos de turno.

Ahora, algunos han muerto y, el resto, a punto están de dejarnos. Victimas de un tiempo de ignorancia hicieron lo que pudieron, dejando un legado del que podemos aprender a mirar la vida desde otro lugar más cercano al corazón.

Somos unos privilegiados que gozan de un tiempo tranquilo. Nuevas olas de cambio se vislumbran, la crisis es una oportunidad para transformarnos, abandonar lo viejo traspasando el umbral al encuentro de un ser mas completo, autorrealizado, creativo y despolarizado. Para encontrar este sendero se hace conveniente cuestionar nuestras creencias, desde donde nos relacionamos con las personas con las que compartimos nuestro tiempo, si estamos dispuestos a abandonar aquello que sentimos como inherente a nosotros mismos: nuestra idea del yo, todo aquello con lo que nos identificamos: “yo soy tal o cual, soy bueno en esto y malo en aquello, nací para alguna cosa o eso no va conmigo”. Me atrevo incluso a subrayar que el único límite sea el que marca la muerte y la libertad del otro, el resto son pamplinas que pretenden seguir las reglas del rebaño. Un mismo discurso para un mismo hombre aquel que procrea, trabaja y consume.

La sexualidad es un atributo para el regocijo de los sentidos, el encuentro con nosotros y con el la otro/a. El despertar de nuestra piel al tacto nos puede trasladar a zonas de nuestro cerebro que permanecen apagadas desde que abandonamos el útero materno. Torrentes de endorfinas y otros neuroconductores son el puente imprescindible entre millones de neuronas que se encienden como un árbol fosforescente dando lugar a nuevas sensaciones y formas de conciencia. Las tradiciones hindúes del tantra descubrieron a través del sexo las posibilidades de transcendencia espiritual integrando las energías masculinas y femeninas, “la vía rápida” hacia la iluminación y el Kundalini.

Somos torpes en el amor aunque sea lo que más demandamos y lo que más se compra y se vende, Nos movemos en esta atmosfera con pies de plomo por si pisamos una mina que reviente nuestro amor propio y así, cuando muramos, poder dejar un bonito cadáver, impoluto y triste. Queremos ser mirados como buenos amantes, más preocupados por el placer del otro que por el propio, tener como póliza un buen número de orgasmos asegurados, llevar a nuestro compañero/a al séptimo cielo donde nuestra vanidad se hincha junto a su dicha de conocernos. Las mentiras se tejen despacio, sin darnos cuenta y el miedo es ver quien engaña primero.

Tenemos la posibilidad de dejarnos caer en la opción valiente de la ternura, arriesgarnos a la entrega de la desnudez sin artificios ni oropeles. Solo es una opción entre otras tantas y el viaje merece la pena intentarlo. Para tan sinuoso trayecto debemos sortear la desconfianza y el miedo a perder lo que nunca ha sido nuestro. Conocerse y darnos a conocer aunque lo que destapemos nos huela a podredumbre, amando cada parte de lo que levantemos a cada momento ya que, cada una de esas partes, las amargas y las dichosas, son trozos de nuestra alma.

Es desde el íntimo encuentro con nuestra existencia donde podemos abrirnos a la persona deseada y, en el fulgor que dura un instante, sentir su latir junto al nuestro en un mismo impulso como olas batiendo un mismo acantilado.

Se impone sondear en nuestros secretos mas silenciados, sacarlos a la luz para que el sol los tueste y poder digerirlos. Reírnos de lo serio, llorar lo doloroso, cerrar las heridas para seguir creciendo. La tarea de desarmarnos y encontrar que tras el envoltorio al que nos aferrábamos era un invento bien elaborado que nos ayudaba a transitar por nuestro mundo sintiéndonos a salvo.

 
Jose Antonio López
Psicoterapeuta

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