Mi hijo me enseña a parar

www.victoriacadarso.comSoy un 3 del eneagrama, siempre me he sentido orgullosa de ser rápida, eficaz, práctica y de tener la capacidad para hacer muchas cosas en poco tiempo.

A lo largo del día hago multitud de cosas, me levanto antes que mi hijo para poder desayunar en relativa calma, mientras escribo una nota a la chica que le cuida por las tardes con las indicaciones de lo que hay que hacer ese día, luego recojo la cocina, y me arreglo para despertar a mi niño, darle de desayunar y salir corriendo para el colegio. Durante el camino mi frase más repetida es “Venga, date prisa” “Camina más rápido, se nos va a ir el autobús, vamos a llegar tarde”.

Cuando por fin conseguimos llegar al cole suspiro y me relajo un poco, y me dispongo a andar mis 6 km diarios hacia mi trabajo, el único “ejercicio” que me puedo permitir al día, pues no tengo mucho tiempo para nada más de forma constante.

Además del trabajo, mi hijo y llevar al día mi casa siempre estoy matriculada en algún curso, hace años fue Eneagrama, o alguno de los Masters que he estudiado, y este año voy a empezar Terapias Energéticas.

Por las tardes me gusta quedar con alguna de mis amigas mamis del parque, o llevar a mi hijo a la piscina, o ir yo a la piscina a relajarme, o intentar aprender a darle a las pelotas que rebotan en la pared del padel, o retomar los patines… Pero no todo es ocio, hay que hacer la compra, las cenas, el baño, jugar un ratito en casa, leer un libro antes de dormir…

Tengo la sensación de ir siempre a mil por hora, y los fines de semana esa actividad no disminuye. Hace unas semanas hicimos una ruta y subimos a la Laguna de Peñalara, era la primera ruta de mi niño, que tiene 3 años y como un campeón resistió 5 km y estuvo caminando 3 horas y media. Cuando por fin llegamos a la Laguna… qué decepción, eso era un charco, y todo al rededor eran grandes rocas en las que sentarte no era nada cómodo. Estuvimos 10 minutos descansado y volvimos a emprender la bajada. Sentada en una roca, mientras uno de sus filos se me clavaba en el trasero, me di cuenta que durante el camino había metido prisa a mi hijo, “venga, más rápido” “venga no te entretengas” “venga, hay que ir al ritmo de los mayores” “venga cariño, deja esas flores, vamos, que tenemos que llegar”  ¿Llegar a dónde? ¿Cual era el fin de esa excursión? ¿Llegar a la Laguna-Charca o disfrutar del camino?  

Asi que el camino de bajada fue de otro modo, a pesar de la hora y del hambre que había, lo tomamos con más tranquilidad. Dejé que mi niño me mostrase todo lo que yo no había sabido ver: las maravillosas vistas desde la montaña,  los riachuelos que bajaban formando pequeñas cascadas, la cantidad de bichitos diferentes que hay, los sonidos de los “gamusinos”, las flores y sus olores… Y me di cuenta que todo es mucho más bonito desde los ojos de un  niño y que debemos parar nuestro ritmo para no perdernos todas esas cosas.

Des de aquí mantengo mi compromiso para frenar mi ritmo frenético y sobre todo mi compromiso de dejar de mi hijo disfrutar de las cosas a su ritmo y tomándose el tiempo que necesite.

Para ir al cole salimos quince minutos antes y podemos ir a su ritmo tranquilamente, sin prisas ni tensiones. Asumo que muchas veces llegaré tarde a algunos sitios y que tampoco pasa nada. Asumo que igual de importante es lo que yo llevo en el bolso, que su preparación de los juguetes que llevará en su mochila en una salida al parque y le dejo que se tome su tiempo para pensar y elegir lo que quiere llevarse.

Y cada día doy gracias a mi hijo porque es un regalo para mi alma frenética.

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