Nunca seremos unos padres perfectos

Cuando trabajamos con niños no podemos hablar de un tipo de personalidad ya establecido pero si de un guión de vida base que es la forma en que los niños se explican la vida y su papel en ella, podemos ver qué roles adoptan los niños en sus diferentes ambientes, podemos ver qué emociones son más recurrentes en cada uno de ellos y podemos ver las conductas que utilizan para satisfacer sus necesidades.
Como padres/educadores nunca seremos perfectos, creo que es de las pocas certezas que hay a la hora de educar a un niño. Lo haremos lo mejor que podamos pero acertaremos en algunas cosas, enmendaremos otras que nos faltaron a nosotros y fallaremos en otras. Pero lo que nos da una cierta garantía de éxito es tener una buena consciencia de nosotros mismos y de:

  • Nuestros filtros y creencias personales: cómo percibimos el mundo, cómo creemos que son las cosas y cómo creemos que deberían ser.
  • Qué nos permitimos a nosotros mismos y qué miedos tenemos.
  • Qué esperamos de nuestros hijos/alumnos y cómo les puede afectar a ellos esas expectativas.
  • Cómo interactuamos con los niños: somos muy directivos, intervenimos rápidamente, nos cuesta poner límites, preferimos dialogar y negociar que imponer, imponemos la racionalidad ante la emotividad…
  • Nuestra familia de origen: cómo era, cómo eran nuestros padres, cómo me educaron, si tuve lo que necesité o hubiese querido algo diferente.

Cuando somos padres o entramos en contacto directo y continuado con niños (como son nuestros alumnos) se activan nuestros recuerdos, nuestros mecanismos de defensa porque nos pone en contacto con nuestro niño interior, y a veces ese niño es conocido y otras desconocido y nos asusta. Por tanto es muy importante comprender y conocer nuestros mecanismos, entender nuestras reacciones.
El Eneagrama nos enseña que hay diferentes maneras de ver el mundo y eso es importante cuando vivimos con niños, pues aunque parezca una idea obvia, cada niño es único, especial e irrepetible, y el Eneagrama nos ayuda a ver al niño tal y cómo es, y no como nosotros pensamos que debería ser.
El mejor regalo que podemos hacerle a un niño es invitarle a existir, reconocer su unicidad y aceptarle con amor.
 
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