Pérdidas afectivas

perdidas afectivasEste título engloba todas aquellas experiencias de nuestra vida que hacen referencia a perder algo o alguien que queremos. Y no me refiero sólo a personas importantes sino también lugares, casas, trabajos, salud, juventud, etc. Visto así parece que tendríamos que concluir que todo son pérdidas, y qué constantemente estamos pasando de una a otra y esto es cierto. Es importante entender que las pérdidas son parte de nuestra experiencia de vida. Estamos constantemente diciendo adiós para decir a continuación hola a la siguiente experiencia.
 
Todos hemos pasado por alguna experiencia de “pérdida afectiva”, es decir, hemos perdido a alguien a quien se ha estado unido, con quien se ha compartido proyectos y sueños, con quien se ha luchado hombro a hombro en las dificultades cotidianas y de quien, un día se espero que formará parte de nuestra vida “para siempre”…y no fue real.
 
Ante esta experiencia nos sumimos en una situación de desconsuelo y vacío, de la que, a veces, nos sentimos incapaces de salir. Es normal que desarrollemos diversos síntomas a diferentes niveles físico, emocional, cognitivo y conductual:
 

  • Sentimientos asociados a la pérdida: tristeza, rabia, culpa, ansiedad, soledad, angustia, resentimiento, fatiga, shock, alivio, miedo, etc.
  • Pensamientos asociados a la pérdida: dudas, confusión, preocupación, reproches, evocaciones del pasado, fantasías, soñar etc.
  • Reacciones físicas asociados a  la pérdida: vacío estomacal, presión sobre el pecho, punzadas, ahogo, hipersensibilidad al ruido, nudo en la garganta, debilidad muscular, etc.
  • Comportamientos asociados a la pérdida: insomnio, cambios en los patrones de alimentación, alejamiento social, cambios en las actividades, llorar, etc.

 
A la luz del catálogo de anomalías anteriores y de nuestras experiencias todos estaremos de acuerdo al calificar como altamente estresante, doloroso y alienante la experiencia de pérdida afectiva. Todos hemos pasado por alguna de ellas: relaciones que no llegaron a ningún sitio, fallecimientos, matrimonios rotos, amistades falsas, traiciones…Pero ¿cuánto tiempo de dolor o duelo podemos permitirnos? ¿A cuántos días o semanas de malestar tenemos derecho?. Una encuesta realizada en Estados Unidos dio como resultado unos datos llamativos : “de 48 horas a dos semanas para superar la muerte de un ser querido.” En nuestro entorno ideas similares están presentes a través de comentarios como: “eres joven y fuerte puedes seguir adelante”, “borrón y cuenta nueva”, “ya sabias que iba a suceder”, “es ley de vida”, “un clavo con otro clavo sale”, “el tiempo lo cura todo”, “era lo mejor que podía pasar”, “la vida continua”, etc.
En general estamos poco dispuestos a abrazar el dolor que provoca la pérdida el tiempo suficiente para aprender las lecciones que nos enseña y tendemos a seguir ciegamente hacia delante, intentando satisfacer las demandas de la realidad externa sin hacer caso al ritmo que marca nuestro interior. Aunque tampoco, sería adecuado centrarnos en el dolor de la pérdida hasta el punto de permitir que invada todas las áreas de nuestra vida de forma que nos impida ver la salida y el camino hacia el bienestar. Puede suceder que no vivamos el proceso sano de duelo, sino que se quede atascado y sin resolver, dando lugar a duelos irresueltos o patológicos, que pueden cronificarse y cronificar algunos de los síntomas que nombrábamos antes con su consiguiente malestar y, lo más importante olvidándonos de “nuestro derecho” a estar bien, a ilusionarnos y disfrutar.
 
La pregunta que surge ahora es ¿cómo reencontrarnos con el bienestar si ya nada va a ser como antes? y la respuesta es poco alentadora “no conseguiremos nunca regresar a la vida anterior, nada será como antes”. No podemos equivocarnos y deducir que siempre será peor o que por mucho tiempo que pase no podré olvidar. El primer paso necesario es aceptar que el proceso de duelo es un proceso activo y una oportunidad de aprendizaje y desarrollo personal. Recogiendo las palabras de T. Attig experto en duelo “…la pérdida de un ser querido es un acontecimiento que muchas veces no puede escogerse, y la elaboración del duelo es un proceso activo de afrontamiento lleno de posibilidades”, es decir una oportunidad para volver a aprender como es el mundo, y reconstruir una vida cuyo sentido gana en profundidad por nuestra continua conciencia de lo que tenemos, el conocimiento de nosotros mismos: quienes somos, qué deseamos, qué nos hace sentirnos bien, etc y el valor que damos a lo que hacemos.
 
Sanar la herida provocada por la pérdida significa vivir un proceso de duelo que ha de pasar por diferentes momentos como abandonarse al dolor, expresar aquello que sentimos a fin de liberar nuestro “espacio o camino interior ” y empezar a pensar en uno mismo y cómo enfocar, a partir de ahora nuestra existencia. Siendo con ello capaces de llevar una vida satisfactoria una vez integrada la pérdida afectiva.
Os recomiendo este fantástico libro “Cómo crecer a través del duelo”, y también este curso para superar procesos de duelo 

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